La Bienvenida

Esto de separarse es triste y doloroso. Divorciarse es aceptar el fin de un proyecto de familia. Dividir los bienes, para muchas mujeres es atravesar la selva. Ojalá podamos cruzarla salvando lo que queda atrás y llegar, aunque lastimadas, vivas y enteras.

lunes, 2 de febrero de 2009

Nosotras

Nosotras, esas, las mujeres a las que nos tocó luchar una lucha desigual en un mundo donde el poder aún sigue estando del lado masculino.
Nosotras somos aquellas a las que nos enseñaron el cuento de la Cenicienta, o aún peor la Bella Durmiente, y entonces también soñamos con el príncipe que nos despertaría de nuestro letargo y nos abriría la puerta de la vida.
Nosotras que fuimos novias alguna vez, amigas, madres de hijos propios o ajenos, compañeras de camino o de trabajo. Nosotras que tendimos camas que no hicieran arrugas o enseñamos a hacerlas. Cocinamos rico o no demasiado. A nosotras nos conoció el verdulero y el carnicero por nuestro nombre, y nos saludaba la cajera del supermercado.
Nosotras, anónimas en los triunfos de los maridos que nos preguntaban qué ponerse para cada ocasión. Las que sonreímos ante gente odiosa porque eran sus compañeros de trabajo o de un futuro negocio, a las que se nos reprocharon los fracasos. Las que siempre tuvimos la culpa de algo, de los primeros novios, de los primeros aplazos, de las primeras borracheras o llegadas fuera de hora de nuestros hijos.
Cambiamos pañales, dimos papillas, controlamos fiebres, pusimos cientos de despertadores para dar el antibiótico, la mamadera, para estudiar, el colegio, la universidad, el médico, los análisis, exámenes, etc, etc, etc.
Fuimos unas trabajadoras a destiempo de tiempo completo, a destiempo muchas veces de la vida, otras de nuestra propia actividad, pudimos tener un solo lugar físico de residencia laboral: la casa familiar, o más de uno, pero en el primer ámbito (el hogar) nadie nos tomó asistencia, ni nos dejó marcar tarjeta, ni nos hizo firmar el horario de entrada y salida. Nadie jamás nos pagó las vacaciones, ni el aguinaldo, ni premios. No hubo sueldo. Y por supuesto cuando todo terminó tampoco hubo indemnización .
Y también estamos las otras, las que además pusimos el cuerpo en la fábrica, el negocio, la empresa, el consultorio o cualquier actividad de nuestros esposos. Las que ayudamos o generamos ideas, las que creímos en el crecimiento económico juntos, de todas las maneras posibles. Somos las que un día además de quedarnos sin un proyecto familiar nos quedamos sin trabajo. Somos las que por esas extrañas cosas que tiene nuestra jurisprudencia, no disponemos de lo que es nuestro,las que debemos luchar para sobrevivir entre lo difícil que es comenzar sin nada y la búsqueda de fuerzas para no caerse más de lo que nos empujan cada día.
Hay derecho a que algo se termine, cada uno tiene derecho a dejar de amar o de que te amen, pero qué tiene que ver con el abandono del que te acompañó años de vida? Es algo a lo que no encuentro respuesta. Como me quedo muda cuando se acercan los “consejeros” conocidos y nos dicen que no sigamos, y me pregunto “cómo se hace?”, quién me da la fórmula para que me devuelvan lo que me pertenece y pueda iniciar una nueva vida?. Porqué me lo dicen a mi y no al otro?. Yo tengo la culpa de querer mis bienes?